BERMEJO: CRÓNICA ETNOGRÁFICA DE LA JUSTICIA PATRIARCAL

Lunes 16 de diciembre, cerca de las 10: 45am llegábamos con mi familia desde Valle Fértil a San Expedito, por la Ruta Provincial N 141. Unos cientos de metros antes de la intersección que permite ingresar al poblado milagroso, un operativo policial advertía que adelante había una manifestación.

Al acercarnos al grupo de personas que se encontraba cortando la ruta, pudimos constatar de qué se trataba. Una mayoría de mujeres, denunciaba con desesperación una situación de abuso sexual perpetrada nueve días atrás. “Estamos cortando la ruta para ver si así nos escuchan”, repetían desordenadamente en medio de un caluroso desierto, que empezaba acumular autos, camiones y colectivos a ambos lados del corte.

“¡Justicia!” gritaban desconsoladas, con sus hijas, hijos y maridos acompañándolas al rayo del sol, en una acción que parecía moverlas desde lo profundo de las entrañas, “No queremos violadores en el pueblo, nuestros hijos están en peligro».

Parecía fuera de lo normal, que en pueblo donde el tránsito es sumamente esporádico y tiene que ver más que nada con la actividad religiosa, se reclamara lo elemental, es decir que una niña pueda jugar segura, sin preocuparse por su integridad física o emocional. Pero no, allí donde debieran ocurrir milagros, se perpetraba un infierno. Una tía había organizado a todas las madres del pueblo, cansada de pedir a la policía local que detuviera a Brian Azcurra. El hombre a quien su sobrina de doce años señaló como su violador. Un hombre que la policía tuvo a metros y no lo detuvo, alegando su “imposibilidad de proceder sin una orden judicial”. Desde hace nueve días en Bermejo, el cuerpo vejado de una niña, no es suficiente motivo para detener a una persona con nombre, Brian Azcurra, un hombre que después de violar una niña de doce años, la arrojó desde su moto en la puerta de la casa donde vive.

Nada era anormal. Estaba en San Expedito, en medio del desierto del Bermejo, en nuestra San Juan, cuando un policía intentaba detenerme por viajar en la caja de la camioneta de mi padre, con dos mujeres, una hermana de la víctima y otra vecina. Los policías, que alegaban no poder detener a Brian Azcurra por violar a una menor, querían detener a sus hermanas que nos conducían a su casa, unos 700 metros para adentro del pueblo, con la esperanza de que pudiéramos contarle a “alguien de la ciudad”, lo que estaba pasando. Donde suceden los milagros, nada era anormal, todo estaba bajo una sola norma, el patriarcado.

Fue normal también ver el “otro” reclamo que empezó a perpetrarse en ese infierno. Porque a vivir en el infierno nos hemos acostumbrado. Vi esas personas con lentes oscuros bajar de sus vehículos con olor a nuevo y reclamar a la policía por su “derecho a transitar libremente”. Vi personas que sacando chapa de “abogados” pedían a la policía disipar a las mujeres de la ruta. Los vi enfurecerse y pedir represión. Los vi en sus 4×4, pasar a toda velocidad por la banquina, poniéndonos en riego a todos. Los vi siendo indiferentes al dolor de una niña, sólo los vi indignarse porque sus pieles blancas se soleaban, porque llegaban tarde al trabajo, porque querían seguir, omitiendo una vez más lo que pasa en el desierto. Volver al oasis donde es posible creer que todo está bien porque cuando abrís la canilla el agua sale. Esas acciones, también son patriarcales y machistas, por ende violentas. La no sensibilidad y negación de un derecho, es volver a repetir patrones que normalizan y sustentan el patriarcado, perpetuando su funcionamiento.

Dos horas de corte y llegó un policía de mayor jerarquía que se presentó como “el jefe”[1]. Su desempeño dejó mucho que desear. Bajó de un Toyota Corolla, con su uniforme distintivo, chaquetilla blanca con hombros dorados con flecos y volvió a repetir, escupiendo migas de pan, que “no podía proceder porque no existía una denuncia ni una orden judicial”. Las mujeres lo filmaban y registraban. Una de ellas pidió “levante la voz, todas queremos escuchar”. Parecía que el jefe tenía grandes aptitudes de ventrílocuo, pues tenía el arte de hablar sin siquiera mover los labios, la capacidad de hablar para no ser escuchado, para no ser contradicho, para no ser registrado. En un momento se preguntó frente a la multitud que le exigía respuestas “Pero qué puedo hacer yo, sólo soy el jefe de la policía, imagínense yo vengo de un acto, no sabía nada”.  Su acción en el territorio consistió en llevarse a la ciudad a la tía que lideraba la movilización para tomarle declaraciones y así “iniciar el debido proceso”.

Una hora más tarde, luego de un desgaste muy grande por parte del sol, pero sobre todo de los indiferentes, mezquinos, incapaces de comprender el dolor ajeno. Gente capaz de creerse la pantomima de ser dueños de los demás, que creyeron ser dueños invariables de su destino, se vieron sacudidos por la presencia de las mujeres del desierto, en su acción desesperada de pedir paz, la paz que da la posibilidad de poder duelar el tormento, la ignominia de que donde supuestamente ocurren los milagros, la vida sea un infierno.

El corte se levantó a las 14hs y la ruta volvió a funcionar con normalidad. Con mi familia, luego de saludar a las mujeres con las que compartimos más de tres horas, también continuamos nuestro viaje, después de todo, éramos de quienes fuimos detenidos por el corte. A las 15hs estaba en mi domicilio recuperando batería y señal. La jueza de menores con la que me comuniqué desde la casa de la niña, había devuelto mi mensaje. “Están mintiendo, sí hay orden judicial, desde el 10 de diciembre. El juez lo sabe”

Creo que algunos, de entre quienes fuimos interrumpidos hoy y conocimos la desgarradora vida de este diciembre en el Bermejo, fuimos sacudidos por algo que el movimiento feminista repite con urgencia. El patriarcado opera con la misma normalidad que una ruta en buen estado. Quien no lo vea es ciego o cómplice.

DIEGO GARCÉS

Después de horas de lucha, el reclamo de la familia y el movimiento feminista fue escuchado y en la jornada de ayer, el presunto violador fue detenido por oficiales de la Regional Este de la Policía de San Juan. La niña se encuentra hospitalizada.

 

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